jueves, 21 de enero de 2010

El invierno muy crudo se avecinó...

Llegamos a San Miguel de Allende, una pequeña ciudad colonial a 4hs de Mexico DF, con la esperanza de encontrarnos con un clima cálido. Dejamos algo de abrigo en nuestra casa de Coyoacán y empacamos sandalias.
Al llegar a San Miguel, Patrimonio de la Humanidad, nos hospedamos en un hostel rápidamente y comenzamos nuestra recorrida por la preciosa, cuidada y super tranquila ciudad. Una ciudad que se caracteriza principalmente por dos cosas: por ser el asilo de muchos ancianos norteamericanos que al jubilarse se construyen caserones en el medio del montañoso paisaje; y por haber muchíiiiisimas iglesias (creemos que había unas 6 en un radio de 4 manzanas). Debido a la gran cantidad de gringos, por las calles se escucha más el inglés que el español (de hecho la gente te suele saludar con "Hi" o "Hello") y los lugares para comer son muy pintorescos, pero carísimos. Nosotros nos las arreglabamos cocinando en el hostel. El frío no tardó en hacerse presente, especialmente por las noches, y empezamos a extrañar el abrigo dejado en DF.
Nos bastaron 2 días enteros para recorrer todo San Miguel, perdernos en sus hermosas callecitas coloniales y coloridas, y caminar cuesta arriba (y cómo cuesta!!) hasta salir de la ciudad y visitar el botánico "El Charco del Ingenio", un parque monumental, una reserva natural de más de 60 hectáreas. Pura vida. Luego de extensas charlas con otros mexicanos viajeros que nos contaron historias y realidades mexicanas increíbles, llegó el momento de trasladarnos un poquito más al norte.

Guanajuauto es una ciudad increíble. Creemos imposible llegar a describir con palabras el paisaje de ese lugar, hay que vivirlo. Es una ciudad construida sobre la montaña, en donde Cervantes y el Quijote son ídolos populares (abundan monumentos y hay un muy lindo museo dedicado) cuando en realidad deberían serlo arquitectos e ingenieros por lo complejo de su construcción: calles subterráneas, túneles que conectan una manzana una calle con otra al otro lado de la manzana, casas construidas hacia arriba, callejones que parecieran no tener salida y al final de la cuadra hay una pequeñita escalera que conecta a otro callejón en subida que conecta con otro callejón en bajada que sale a la calle principal por donde uno había accedido a ese primer callejón. En fin, como dicen allí, es muy fácil perderse pero es más fácil encontrarse. Es una ciudad universitaria, donde se llena de gente jóven y mucha movida cultural. Allí, cada año se realiza el Cervantino, uno de los festivales de diversidad cultural más importantes del mundo. A su vez, al haber tantos jóvenes, hay mucha movida nocturna. Aprovechando eso, recorrimos varios bares de la zona y conversamos con gente de diferentes partes del mundo.
En Guanajuato vivimos nuestra primera experiencia con Couchsurfing, una comunidad virtual de viajeros que hospedan gente en su casa. Paramos durante 5 días en la casa de Diana, una estudiante de Artes Visuales que nos trató como reyes. Nos paseó por toda la ciudad y nos abrió la puerta de su casa como si fuera la nuestra. Recorrimos juntos museos, caminos y callejuelas. Una experiencia fantástica para intercambiar vivencias y culturas, conviviendo con alguien de otro país. Todo era fantástico, salvo por esos 5 o 6 grados centígrados por debajo de lo que nosotros hubieramos querido.

Entre abrazos, una mañana de lunes, nos despedimos rumbo a Zacatecas...


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