El viento en la cara con sabor a mar en la caja de un camión, y un camino bordeado por innumerables palmeras, bastaron para llenarlos el alma de emoción en nuestra esperada llega a la playa.
Luego de que el camión nos dejara en la calle de un pequeño pueblito costero llamado El Mazunte, caminamos cargando el peso de la mochila (anestesiados por la expectativa y las ganas de tocar el mar) hasta la playa. La primera impresión no fue la esperada. "Hace un año más o menos que Mazunte cambió" nos decía un cuate por ahí. Ya no hay palapas en la orilla ni la playa es desierta. Todo está copado por los barcitos y restaurancitos de mariscos que con sus mesas y sillas no permiten tener la tranquilidad y espacio que alguna vez solió tener esta playa. Esto nos hizo cambiar un poco los planes de acampar en la arena, al lado del mar. Paramos en la "Posada Lalo", una posada de un argentino y con unos 10 huéspedes artesanos argentinos. Todos tomando mate, hablando con la 'SH', era muy extraño. Nosotros siempre preferimos estar en lugares con gente de otros países, se hace más interesante todo, pero por cuestiones precio/calidad, venía bien quedarse en lo de Lalo.
En nuestros 5 (¿o 6?) días en Mazunte recorrimos muchas de las playitas que están a su alrededor: El Rinconcito (más pequeña pero más apta para nadar), Mermejita (una playa inmensa, de 12 kilometros de extensión y una paz única), Zipolite (una de las más turísticas y con las olas más bravas. Playa nudista (aunque sólo viejos nudistas)), Puerto Ángel (playa pesquera, repleta de barquitos anclados en la orilla) y Estacahuite (una diminuta playa de no más de 100 metros de largo).
Los días se fueron pasando así, de playa en playa, descansando y protegiéndonos de la violencia del sol y del mar (aunque a veces daba gusto enfrentarse a esas olas gigantes). Conviviendo entre pelícanos e iguanas. Una mañana, fuimos a una excursión en barco que nos llevó a las profundidades del océando, a ver tortugas gigantes, delfines y, a la vuelta, a hacer snorkel. Que increíble sumergir la cabeza en el agua y ver peces de todos los tamaños, colores y formas (vimos y tocamos un pez globo!!). Disfrutamos mucho de un atardecer en Punta Cometa, una pequeña península que deja ver desde su punta hacia atrás varias de las playas mencionadas anteriormente y, hacia adelante, la inmensidad del Océando Pacífico. Hipnótico.
Pasados esos días intensos, nos fuimos para Puerto Escondido, intentando llegar al ansiado momento de acampar en la arena.
viernes, 26 de febrero de 2010
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Qué fotos espectaculares, Gaby!!
ResponderEliminarFelicitaciones!!